Luis Padilla Nervo
No tenemos biografía aún, pero aquí unos datos importantes
CONDECORACION AL C. LUIS PADILLA NERVO
El C. Presidente: Señor licenciado José López Portillo, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos: La Cámara de Senadores, ruega a usted concederle el honor de imponer al ciudadano licenciado Luis Padilla Nervo la Medalla de Honor Belisario Domínguez del Senado de la República, así como hacerle entrega del diploma correspondiente.
(Todos de pie). (El señor Presidente de la República impone la Medalla de Honor al ciudadano licenciado Luis Padilla Nervo y le hace entrega del diploma).
DISCURSO DEL C. LUIS PADILLA NERVO
Con vuestra venia, señor Presidente del Senado de la República.
Señor Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos; señor Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación; señor Presidente de la Gran Comisión de la H. Cámara de Diputados; señores senadores; señores Gobernadores; señores Secretarios de Estado; señores Embajadores y miembros del Cuerpo Diplomático:
En esta solemne ceremonia expreso mi profundo y emocionado agradecimiento a todos los señores senadores por su generosidad y por el honor que me otorgan al concederme la Presea más alta que existe para un mexicano: La Medalla "Belisario Domínguez del Senado de la República".
Un honor más es la presencia aquí del señor Presidente de la República que se ha dignado imponerme la histórica presea.
Señores:
El senador Belisario Domínguez fue un mártir del anhelo de libertad y justicia, su sacrificio es fuente de inspiración; es guía para el pensamiento y la acción.
El honor que ahora se me confiere lo debo menos a mis méritos personales que a los cargos que he desempeñado como representante de México y a mi actuación en los foros de las Naciones Unidas en nombre de mi país.
Considero, por tanto, que la distinción de que soy objeto se hace en verdad a nuestra política internacional que tiene hoy día nuevo aliento y creciente autoridad.
México ha presentado ante el mundo, con invariable firmeza su Doctrina de Paz, Concordia y Justicia. En esta noble tarea México ha trabajado sin tregua y sin prisa con serena y paciente tenacidad.
Durante muchos años he tenido el privilegio de exponer esa doctrina en los foros de las Naciones Unidas.
Desde nuestra Independencia Política la vida exterior de México ha sido un ejemplo de honradez y decoro. Hemos preconizado siempre la igualdad moral de los pueblos, la condecoración de las anexiones logradas por la fuerza, el respeto de la soberanía de los Estados y el anhelo de buscar a todos los conflictos una solución pacífica y justa.
En el bagaje que llevo a cuestas donde la vida y la experiencia han acumulado sueños y promesas, esfuerzo, angustias, y también realizaciones alentadoras; encuentro, en ese bagaje, recuerdos y situaciones que tienen todavía, creo, viva actualidad. Permitidme reiterar ahora algunas afirmaciones y conceptos que en nombre de México expresé en las Asambleas de las Naciones Unidas. La esencia de las ideas que ellas encierran guió mis intervenciones al proclamar los principios de nuestra política exterior.
Hemos sido fieles a las obligaciones que contrajimos al firmar la Carta de la Organización y como miembros de la misma. Aceptamos sus propósitos y principios: El propósito de fomentar relaciones de amistad basadas en el principio de igualdad de derechos y de la libre determinación de los pueblos, cooperar en el desarrollo y estímulo del respeto a los Derechos Humanos y a las libertades fundamentales de todos, sin hacer distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religión.
Al correr de los años las voces de todos los pueblos, los valores de todas las culturas y las más claras aspiraciones del hombre se han dejado escuchar desde la tribuna más alta de la Asamblea General.
La Organización de las Naciones Unidas sigue siendo el lugar donde se encuentran los gobiernos. La conciliación de los puntos de vista y de los intereses sigue siendo posible, en virtud de que el estudio de los problemas que dividen las naciones no será abandonado, sino que se proseguirá obstinadamente con la esperanza de que algún día el interés común conciliará lo que los intereses particulares han dividido.
En ese espíritu; reiteramos nuestra convicción de que la paz, la libertad y la justicia constituyen las bases del mundo que el hombre merece:
Al luchar para salvar las generaciones futuras de una nueva guerra y al trabajar para establecer una paz justa y duradera, los hombres responsables de la Dirección Política, Cultural y Social de cada país están al mismo tiempo sirviendo los intereses nacionales más sagrados y más legítimos de sus pueblos.
Creemos que el derecho de los pueblos al pleno goce de las libertades civiles y políticas, y la garantía de un nivel ascendente para las grandes masas del mundo, son condición indispensable de la paz universal.
Afirmamos que el respeto hacia la integridad territorial y la independencia política de todos los Estados es condición inequívoca de la seguridad.
Estamos convencidos de que todas las controversias internacionales pueden solucionarse por medios pacíficos y afirmamos que el uso de la fuerza no sólo es moralmente reprobable sino prácticamente ineficaz para resolver los problemas de la convivencia entre los Estados.
Reiteramos nuestra convicción de que cada nación posee la plena facultad de darse el régimen político y económico que más le convenga y de resolver soberanamente sus problemas internos. Reafirmamos en consecuencia, la validez del escudo que defiende el derecho de autodeterminación; el principio de no intervención. Afirmamos que el mantenimiento de las instituciones democráticas de cada pueblo es materia de su exclusiva competencia interna.
Reiteramos nuestra convicción de que la prosperidad, como la paz, es indivisible. No se puede concebir un mundo de armonía en el cual la riqueza sea patrimonio de pocos y el hambre condición de muchos. Si verdaderamente se desea la paz, es preciso reconocer que el interés de uno es hoy el interés de todos.
Reconocemos la existencia de principios particulares legítimos, pero creemos que es posible resolver los más complejos problemas sin mengua de dichos principios.
Creemos que es posible sustraer de las particularidades de los países la esencia común que es parte del legado de la humanidad y que es también posible y necesario reconocer el rostro universal del hombre en la voz nacional de cada pueblo. No existe ningún pueblo indigno o avocado al mal. El mundo no se divide en pueblos buenos y pueblos malos; se divide en una pluralidad de naciones que obedecen a impulsos espirituales diversos, a desarrollos históricos distintos, a orientaciones filosóficas diferentes; comprender esta realidad permitiría cimentar la paz en su mejor terreno; el corazón y la mente de los hombres.
A través de los tiempos el hombre ha reconocido los valores esenciales y eternos. Los valores permanentes en el cambio incesante de la vida; sabe que no hay pugna que dure siempre ni angustia que no concluya; espera y anhela poder cumplir en paz su labor cotidiana.
El tiempo apremia, es larga la tarea y fugitiva la ocasión. Nosotros esperamos que la cordura en la búsqueda sin desfallecimientos de las soluciones pacíficas permitirá que un día se abra paso la razón y prevalezcan los intereses superiores de la humanidad.
Expreso nuevamente al Senado y al señor Presidente de la República mi profunda gratitud. Expreso también mi agradecimiento a los señores que han tenido la ocasión de hablar en esta tribuna y que sus palabras me han emocionado.
Señores: Al oír el discurso del Senador Belisario Domínguez se afirma la creencia y la convicción de que sus palabras quedarán eternamente, con admiración y respeto, en el corazón de todos los mexicanos.
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